Gloria Y Decadencia Del Código De Trabajo

El dilema que sugiero no es retórico ni superficial. Hoy día, ese es un tema de actualidad ardiente. Lastimosamente, no lo es y desde hace buen rato. El pasado 2 de abril se cumplió un año más de vigencia del Código de Trabajo. La sola circunstancia de que con ese 43.er aniversario se celebrara también el Jueves Santo de la Iglesia católica hace interesante la coincidencia entre la trascendencia del martirologio del Mesías con la desapercibida existencia de la codificación laboral.

Cuando el general Omar Torrijos hizo aprobar el Código de Trabajo y las leyes de vivienda, dio camino a una política social que, a la fecha, ningún Gobierno desde entonces ha podido ni querido superar. Para medir el compromiso real de los partidos políticos encarnados en el Gobierno, bastaría con tomarle pulso a la firmeza con que hayan defendido la efectividad de esas leyes o lo timorato con que asumieron posición frente a ellas. El repaso final hace difícil no encontrarse con la conclusión doloriente de que todos los Gobiernos se alinearon con una disposición blandengue ante esa política social oficial.

Del Código de Trabajo puede decirse desde la A hasta la Z. Pero es innegable, se acepte o se disimule, que no se ha promulgado ninguna ley, desde que existe esa enfermiza hemorragia de producir leyes, que le haya dado tanto poder al sector productivo de los trabajadores, como sí lo hizo el Código de Trabajo. Se concedieron derechos que apenas se arañaban en sueños antes de 1972. La constitución de sindicatos se declaró de interés público y modo para contribuir a la democracia panameña, y le permitió a los trabajadores organizados un poder legislativo a través de la negociación colectiva sin parangón en los 69 años restantes de vida republicana.

La legislación laboral fue el refugio que les facilitó a los trabajadores disponer de las herramientas mínimas para enfrentar y superar las míseras condiciones de trabajo en las que sobrevivían. No por otra razón los detractores del Código le han endosado las peores consecuencias y le han atribuido efectos diabólicos sin vergüenza alguna, pese a los desmentidos contundentes de la realidad incuestionable.

Pero la gloria de ayer, ¿sigue resplandeciente hoy? El rostro descolorido del Código de Trabajo es producto de su edad cuarentona ¿o efecto de los golpes que lo han mutilado? ¿Son responsables los gobiernos complacientes tanto como los irresponsables? ¿O se debe a las zancadillas de sectores de la empresa privada que le han empedrado su tránsito?

Sin importar con cuál respuesta termine el lector por afiliarse, el Código de Trabajo modela un estatus de decadencia lenta pero sostenida. Hoy día, el Código es interpretado y aplicado por lo que dicen de él en lugar de por lo que dispone su articulado. Hay más trabajadores al margen de los sindicatos comparados con aquellos que optaron por matricularse en ellos. Abundan los sindicatos con nombres ruidosos con significación en cero de importancia. Existen sindicatos de maletín que se intercambian como zapatos o prendas de vestir. Hay dirigentes francotiradores y dogmatizados que impiden cualquiera gestión por la unidad sindical. Muchos libran cruzadas épicas para encaramarse en puestos de juntas directivas de instituciones públicas o en delegaciones para viajes al extranjero o se atornillan en sus cargos con una laboriosidad que envidiaríamos si se tratase de la defensa de la legislación laboral.

Si el Código no es lo que debiera ser, cabe examinar a la dirigencia sindical que está mirando hacia otros objetivos o porque no tienen perspectivas ni objetivos fijos.

Pero el Código puede dar más de lo que tiene. ¿Por qué no existe mecanismo para el aseguramiento económico de las prestaciones acumuladas cuando se da una sustitución? ¿Por qué al jubilado o al que se incapacite físicamente en el trabajo se le puede despedir sin derecho a compensación alguna por sus años de servicio? ¿Por qué el Código revive en el área metropolitana y no en el resto del país? ¿Por qué los denominados “acuerdos colectivos” de olor y sabor amarillo han desplazado las convenciones colectivas de trabajo? ¿Por qué se permite desnaturalizar el papel de los trabajadores con el azucarado rótulo de “colaboradores” en las empresas?

Salvo que se pruebe otra cosa, los trabajadores, la dirigencia sindical y el movimiento sindical en su conjunto están resultando en los perfectos “pendejos” que vaticinó Torrijos por permitir que se les esté arrebatando la conquista del Código de Trabajo, habida cuenta de la insensibilidad que lucen ante la lamentable, desmejorada y alicaída existencia de la legislación laboral.

Que es tarde para repensar, no. Que hay atraso en la renovación, sí. Que si se sigue como hoy, el desenlace será peor, cierto. Que no se cuenta con material humano para recomenzar, falso.

Es preferible el autoexamen antes que cualquier afán por señalar con el dedo a otros.

Nunca como ahora, la pregunta del famoso ideólogo de izquierda sigue requeteactualizada: ¿Qué hacer? Y agreguemos: ¿cuándo empezar?

Los comentarios están cerrados.