SOS familia

En las últimas dos semanas hemos visto cómo ha ido cobrando fuerza en nuestro país el tema de la familia y todo a raíz de un recurso de inconstitucionalidad presentado ante la Corte Suprema de Justicia contra el artículo 26 del Código de la Familia que establece: que el matrimonio es la unión voluntariamente concertada entre un hombre y una mujer, con capacidad legal que se unen para hacer y compartir una vida en común. Según los demandante, se trata de un precepto que atenta contra la Constitución que contempla, en su artículo 57, que el matrimonio es el fundamento de la familia, descansa en la igualdad de derechos de los cónyuges y puede ser disuelto de acuerdo con la ley.

Un elemento adicional que ha encendido este debate es el tema de la ideología de género, lo que, a juicio del papa Francisco, crea confusión y vacía el fundamento de la familia. Según el papa, una cosa es que una persona tenga una tendencia homosexual e incluso que cambie de sexo y otra cosa es hacer enseñanza en la escuela en esta línea para cambiar la mentalidad. A esto lo llamó el papa, colonización ideológica.

Antes de iniciar mi reflexión sobre el tema, debo reconocer que soy católico y que no estoy de acuerdo con el ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo y mucho menos con la posibilidad de que puedan adoptar niños. Soy de los padres que piensan que si tuviera un hijo homosexual lo amaría igual que si no lo fuera, pero eso no significa que tengo que aceptar que movimientos o ideologías foráneas trastoquen la decisión soberana, legal e institucional de Panamá desde principios de la República de mantener el matrimonio entre un hombre y una mujer.

El jueves de la semana pasada tomé la decisión personal de participar de la marcha realizada en defensa de la familia y lo hice junto a un grupo de amigos y familiares convencidos de que la familia es la primera institución surgida en este mundo desde su creación y que tenemos que defenderla, protegerla y restaurarla.

Mientras caminaba desde la Iglesia del Carmen hasta la plaza 5 de Mayo, miraba los rostros de miles de personas que participaban en la actividad y pasaba por mi mente una completa radiografía de la situación en que se encuentra la familia panameña en este momento.

¿Está la familia panameña preocupada por el pandillerismo que surge de nuestros hogares, por el rendimiento académico de sus hijos, por la calidad de la educación panameña, por el consumo de drogas y alcohol, por la corrupción, por la productividad de sus hijos, por la cantidad de niños abusados, por la cantidad de niñas embarazadas?

La familia panameña está lesionada, porque tenemos nuestros principios, valores y prioridades al revés. Trabajamos sin descanso por una casa, un carro y por bienes perecederos, poniendo todo nuestro empeño en cosas pasajeras y superfluas.

¿Dónde quedó el amor y el diálogo en la crianza de nuestros hijos? Los niños llegan al mundo como un cuaderno en blanco y somos los padres los que llenamos cada página con el pasar de los días desde que nacen. No pretendamos que esos niños sean algo diferente a lo que ven en casa. Si ese niño lo que ve son antivalores, violencia, droga, alcohol, sexo y vulgaridad, al final eso para él será lo correcto. Debemos enseñarles que la vida no es fácil y que hay que luchar para alcanzar los objetivos.

¿Quién dijo que los padres somos amigos de nuestros hijos? Nuestra tarea es la de guías y orientadores. Una mentira que he venido escuchando es que la ley le impide a los padres corregir a sus hijos. ¿Dónde está esa norma? Una cosa es corregir y otra muy distinta es maltratar a un hijo. Esto último sí es penado por la ley aquí y en China.

Los padres también debemos entender la importancia que tiene el matrimonio y no verlo como algo desechable. No puede ser que con las primeras diferencias que surjan en la pareja, pensemos inmediatamente en la separación. Tenemos que aprender a perdonar y a pedir perdón.

Aceptamos la infidelidad, el maltrato verbal y físico como algo normal, humillamos a la pareja en privado o delante de nuestros hijos o amigos. Llegó el momento de hacer un ‘mea culpa’ reconociendo primero que hemos fallado y que es importante corregir rumbo. No esperemos que venga el Gobierno a nuestras casas a enseñarnos a ser padres y esposos. Actuemos antes de que se nos impongan las cosas mediante leyes.

Álvaro Alvarado