Todos somos arcángeles. Es decir, a todos nos cuesta reconocer nuestros defectos, nuestras carencias o, incluso, nuestras metidas de pata hasta el fondo. Pero esta actitud tan humana hace daño. A los otros y a nosotros. Cuando este rasgo se traslada a un Gobierno, el asunto tiene otro cariz.
Decía el jueves pasado el ex presidente egipcio Mubarak (ahora ex dictador, pero antes recibido en la Casa Blanca con honores) que las manifestaciones en las calles de El Cairo respondían a presiones desde el extranjero. Iba más lejos su vicepresidente Suleimán (personaje siniestro de los órganos de represión política), quien aseguraba que para calmar la situación solo había que dejar de ver televisión satelital para evitar la perversa influencia externa. Ni Mubarak ni Suleimán quisieron reconocer sus errores a tiempo y cometieron el mayor de los desatinos al interpretar la protesta ciudadana como algo ajeno a Egipto, como algo forzado, externo.
Pobres gobernantes atemorizados, siempre escondidos en sus palacios presidenciales, siempre tras sus vidrios polarizados, siempre en sus carros blindados imaginando confabulaciones, golpes de Estado, intentos de magnicidio. Chávez, Morales y Martinelli son algunos de los que han denunciado que los han intentado asesinar; otros, o los mismos, ven el riesgo de golpe de Estado como un arma arrojadiza para conseguir adeptos o consensos a través del miedo.
En Panamá, vivimos días revueltos (meses, diría yo). Las protestas de las comunidades indígenas, de ambientalistas, de maestros o de trabajadores contra la explotación de los recursos mineros no han cesado y la actitud miedosa del gobierno tampoco. Cuando no responde con antimotines, gases lacrimógenos y perdigones (que parece que regalan la munición), lo hace endilgando las protestas a fuerzas externas.
Parece, según los gobernantes del país, que los pueblos ngäbe y buglé están compuestos por seres no muy inteligentes manipulables por personas externas. Esta respuesta del Gobierno –sordo a los reclamos de amplios sectores de la población nacional– demuestra dos cosas: el irrespeto permanente a las personas indígenas y el error repetido de buscar fantasmas externos en los desastres internos.
En un arranque de locura, tal y como prometió en campaña, el Presidente asegura que las protestas son instigadas e incluso financiadas por empresas extranjeras que no quieren que se acabe el monopolio del cobre –bonita forma de aceptar la relación directamente la reforma del Código Minero y los proyectos de Minera Panamá en Donoso y Cerro Colorado en la Comarca Ngäbe Buglé–. Más tarde, uno de sus lacayos atribuye las movilizaciones a líderes ambientalistas y a miembros del PRD.
No son nada ingenuas las afirmaciones pero sí son muy peligrosas. Es más, si se aplicara el delito de calumnia e injuria tan solicitado por Cambio Democrático, los funcionarios que repiten ese sainete estarían en la cárcel.
En esta jugada casi ningún político queda limpio. Los miembros del PRD han tratado de mostrar una tibia oposición a la reforma del Código Minero, pero no a la minería. Es lógico, fue durante gobiernos del PRD cuando se concedieron y animaron proyectos mineros como el de Petaquilla Gold o Minera Panamá; ahora, Martinelli lo está perfeccionando y ampliando con esa tosca forma italiana de hacer las cosas que tiene este presidente panameño con pasaporte europeo.
El problema del enemigo invisible, de negar permanentemente la voz a movimientos tan amplios (incluida la Iglesia católica) como los que estos días se están pronunciando críticamente con el Ejecutivo y con la patética Asamblea Nacional, es que aumenta el tamaño del muro que divide a gobernantes de gobernados y genera el más absoluto de los irrespetos de estos últimos hacia los primeros.
Panamá está lejos de Egipto, no se puede hacer ningún paralelismo de las situaciones. Pero, cuidado, las paranoias de los tiranos se parecen y en Egipto lo que se ha demostrado es que las mentiras repetidas no siempre se convierten en la verdad. Si Martinelli no quiere cogobernar (algo bastante poco democrático) está en su derecho; pero si no quiere oír, debe prepararse para una degradación radical del clima social y para enfrentarse a su propio pueblo. No hay enemigo externo, es el propio Gobierno el que parece encontrar placer en disparar contra su propio pie –bueno, y contra la cara y el tórax de quienes se manifiestan pacíficamente–.
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