Cuando las colectividades se incapacitan o la incapacitan para la lucha por sus derechos, entre ellos, el de la vida digna y decorosa, estamos en presencia de un conjunto social pusilánime. El pasado paro de advertencia, impulsado por Frenadeso, constituía la continuación de una serie de empeños realizados como respuesta a los gravísimos problemas por los que atraviesa la comunidad. Se trataba de alertar a quienes tienen la responsabilidad de dar las mejores condiciones de vida al panameño, para atender a un clamor que no es único de esa organización sino de todo un pueblo.
Se trataba de plantear que la responsabilidad de quienes nos gobiernan no se limita al paternalismo mesiánico, ni a la demagogia, que ha sido su método de acción, como tampoco a la desaforada campaña de un famoso Prodec y una Red de Oportunidades que no son más que promoción gubernamental con dineros del panameño. Se trataba de insistir en que era necesario que los alimentos estuvieran al alcance de los nacionales, que se mejorara su poder adquisitivo, que la salud no fuese privatizada, en fin, que se permitiera una condición de vida verdaderamente humana en una sociedad presa de la inseguridad, del crimen, de la corrupción y de la politiquería.
Frente a esto, no era posible que la indiferencia, la crítica y el rechazo se asomaran. Resulta desafortunado el hecho de que muchos de los de a pie, influenciados por razones partidistas –principalmente adscritos al oficialismo– optaron por no respaldar el paro de advertencia. A otros, indiferentes, les dio igual parar o no, mientras que sectores sindicalizados, con posiciones retrógradas e insustanciales, o peor, anticlasistas, esgrimieron un pobre argumento que no solamente los desenmascara, sino que los condena.
Igualmente, algunos medios de comunicación, con la excusa del pulseo a la opinión pública, con alguna satisfacción hablaban de la relativa eficiencia del paro, y con aires de “docencia” insistían en que debía mediar el diálogo. Pero también, desubicados sectores identificados ideológicamente con el movimiento popular optaron por la prudencia, expresando una inútil lucha por el vanguardismo. Lo peor que puede ocurrir es que una población no identifique la razón de sus males, y más grave que, confundida, use el mismo razonamiento y el lenguaje de los opresores.
Es ese el resultado del cual deben vanagloriarse los sectores oficialistas y los del poder económico, y del que deben lamentarse y avergonzarse los que pilan por el afrecho. El paro de advertencia, como los otros que puedan darse, debe ser apoyado por la población, que sufre por los bajos salarios, por el encarecimiento de la vida, por la permanente mentira gubernamental, por el intento de privatizar la salud, por la corrupción, por la pésima educación, por el latrocinio, en fin, por el desgobierno. A Frenadeso hay que decirle que debe mantener presente la máxima de José Martí: “Mientras hay muchos hombres sin decoro, hay un puñado de hombres que llevan el decoro de muchos hombres”.
El autor es docente universitario |